lunes, 22 de octubre de 2007

Susana Rinaldi: "Hay un proyecto de cambio"


La cantante y actriz, que busca una banca en el Congreso en los comicios del domingo próximo, dialogó sobre su apoyo a la fórmula oficial y explicó sus diferencias con el ARI de Carrió. Y afirmó: “Si entro en el Parlamento, la palabra ‘cultura’ va a tener sentido”
Comencemos por la música, ¿el tango representa la identidad nacional?
Claro. El tango es muy rico como patrimonio. El tango ha padecido el concepto definitorio de Estado que nuestro país ha tenido desde dos corporaciones: los militares y la Iglesia católica. A partir de ahí, el tango siempre fue en un hecho prohibido y, por lo tanto, innecesario para la clase media alta que da aquí y en el mundo entero la necesidad de lo que se debe consumir y lo que no; siempre vamos a necesitar de algún burgués que nos diga qué es lo que tenemos que consumir y qué teatro tenemos que ver. De manera que lo que se enseñó en relación con el tango fue el desprecio. El tango nace desde la protesta, desde la denuncia social, como nació en los conventillos. En esa línea de pensamiento, ¿podemos considerar que un nuevo género que manifiesta la “protesta social” puede ser la cumbia?
Las grabadoras tienen la gran necesidad de sacar plata de cualquier lado. Con eso ya te digo lo que pienso y contesto rotundamente la pregunta. En efecto. Continuemos. ¿Cómo se articula el arte con la política?
Totalmente. Si algo te enseñan todos los caminos de las bellas artes es a comprometer tu conciencia al servicio de aquellos a quienes te estás dirigiendo y a quienes sin que te lo pidan estás representando.
El arte te genera una obligación y un estado de conciencia. Uno elige su repertorio sabiendo que se para delante de un auditorio que demanda, y no sólo desde la nostalgia y la melancolía. Es un canto de vida que expresa también una prepotencia de vivir e instalar sus demandas desde el lugar que les cabe a todos y cada uno en la sociedad. Entonces, la política me determina antes de empezar, antes de que yo me decida. Si desde mis 23 años estoy militando (en el Partido Socialista, aunque me quieran echar) para un sector de la sociedad por la solidaridad, la equidad y la ética, busco tener un discurso privado que tenga los mismos contenidos públicos que quiero dar, creo que es una obligación. ¿Cuáles son esos valores que desea pregonar si obtiene una banca en la Legislatura de la Ciudad en los próximos comicios? Lo que voy a hacer sí o sí es mencionar como proyectos de ley todos los estamentos culturales que necesitan aparecer en el Congreso. La palabra cultura se utiliza sólo en momentos electorales, no se sabe muy bien qué quiere decir. Es muy simple: cultura es conocimiento, de la vida, de tus derechos y de tus obligaciones. Y el primer derecho es saber que vivir bien no es sólo una necesidad, es un derecho. Todos los que formamos parte como agentes culturales de este gran patrimonio que tiene la Argentina desde la literatura, la música, la danza, la plástica, desde la cultura, tenemos que saberlo porque es lo que nos ha defendido en los momentos en los que nos tiraban por la cara el pasaporte y curiosamente también envidiaban nuestra cultura, nuestra capacidad de reacción inmediata desde la poesía, desde la literatura, desde una forma de expresión. Cosa que les hizo decir a los franceses: “La verdadera vanguardia avanza desde la Argentina”, y en su peor momento social, político, económico. La cultura es la que nos defendió, nos protegió y la que todavía nos sigue protegiendo. ¿Hoy la cultura se encuentra pauperizada?
No, para nada. Lo que se pauperiza es una sociedad que está tan conflictuada… es muy difícil la Argentina. Nosotros tenemos un problema muy grave, que ya lo apuntó (Domingo Faustino) Sarmiento, que es la distancia. Y hemos dejado que la distancia se acreciente porque les permitimos avanzar a los ineptos, por conveniencias que no nos competen. Pero cuando la gente se siente capacitada, se siente también con derechos, a reclamar, a decir sobre lo que conoce, sobre lo que sabe. Yo siento que si entro al Parlamento, por primera vez la palabra cultura va a tener sentido; porque va a tener sentido refrendar la necesariedad de la educación, la importancia de estudiar y de capacitarse. Ya han entrado actores, artistas de distintos partidos al Parlamento, pero no hablaron de cultura, terminaron hablando de negocios. Debemos dejar de lado la idea de que el extranjero tiene que darnos la reválida, decirnos cómo somos o si servimos. Si es el extranjero quien está usando de nuestro talento porque nosotros no le damos espacio a los que lo tienen aquí. Hay un tiempo de cambio, aprovechémoslo desde el mejor lugar, que es el conocimiento. Reconocer y decir: “me equivoqué”, y seguir adelante con el mismo empeño de antes de equivocarse, y no tomarlo como una piedra para entorpecer el camino que nos está esperando. Me cuidé mucho de no ser una “ejercitadota cantante del sistema”, por eso tengo propiedad, convicción, decencia y honestidad para hablar de lo que estoy hablando. Algunos sectores cuestionan su apoyo a la fórmula oficial para la Presidencia, considerando que fue una de las fundadores del ARI…
Por eso mismo no estoy en el ARI, porque el ARI no es lo que fue ni mucho menos. El ARI fue la conciencia de entre otros primeros Alfredo Bravo, uno de mis grandes maestros. Hoy, Alfredo Bravo se daría 400 veces la cabeza contra la pared de ver de qué manera una parte del socialismo apoya a un sector que si en algo descree es en ellos mismos; un sector conducido por una persona que con el afán de pregonar su decencia políticamente comete dos actos de una injusticia impresionante con los demás: renunció a su banca, a la voz que sus electores le dieron para que expresara brillantemente las necesidades de este país; y dejó tirados completamente a sus compañeros del Ari cuando renunció como presidenta de lo que ella dice haber creado. Entonces, con ese ejemplo adónde vamos. En este momento hay un proyecto de cambio, de versatilidad, de diálogo, porque son distintos colores que convergen en una necesidad que es concertar, por eso estoy en Diálogo por Buenos Aires. Confió en Cristina Fernández, esta mujer, trabajadora, compañera, capaz y sobre todo tenaz y rigurosa: virtudes fundamentales para que el cambio se pueda llevar adelante. Creo que el país necesita eso, un diálogo franco y abierto. Y este momento es este momento o no es más.

sábado, 20 de octubre de 2007

Los intelectuales y la política


Por Mario Toer *

Entre quienes tienen posibilidades de contribuir a la producción de ideas, se han venido desarrollando, a grandes rasgos, cuatro maneras de posicionarse frente a las transformaciones que se están produciendo en América latina. Están los que siempre se alinean con la defensa del statu quo, que constituyen la postura dominante entre quienes tienen capacidad para definir la agenda de lo público. En el polo opuesto, pero como si los hubiesen inventado los primeros, se encuentran algunos cenáculos que se olvidan de las enseñanzas de la historia y repiten con asombrosa perseverancia e inalterable melancolía los discursos revolucionarios de un siglo atrás, generando confusión y desasosiego. Están también, por cierto, los que se han alineado decididamente con lo nuevo que ha venido despuntando, pero que no siempre llegan a constituir un sector decisivo. Y están los que han preferido ubicarse en las gradas de las plateas y, con un cierto paladar negro, evalúan a los protagonistas, destacando por lo general sus limitaciones y las distancias con lo que serían sus más íntimas aspiraciones.

En cada país se distribuyen de manera diversa, pero me interesa atender al caso argentino donde resulta evidente, por lo nutrida, la presencia del último sector. Hay razones históricas que contribuyen a que sea así. De una parte, el más consistente movimiento popular surgido hace medio siglo, lo hizo prescindiendo de buena parte de la intelectualidad progresista, en medio de la confusión que generaban los posicionamientos en torno del curso de la Segunda Guerra Mundial. Tuvo que transcurrir casi un cuarto de siglo para que esa fosa entre pueblo e intelectuales comenzase a cerrarse. Pero las apuestas de entonces no fructificaron. Y el 1º de mayo de 1974, en la Plaza de Mayo, se abrieron nuevas heridas.

La pasión democrática de 1983 se fue diluyendo, lejos de las ilusiones de un nuevo movimiento histórico. Después, el desconcierto fue ingente cuando el movimiento popular de Perón y Evita fue utilizado como cobertura para imponer el recetario neoliberal. Finalmente, la frustración fue mayúscula con la efímera y tergiversada Alianza.

No es sorprendente que en el ánimo de muchos estos desencuentros hayan hecho mella. Los curados por el espanto no tienen por qué ser pocos. Pero lo que viene sucediendo ahora aquí es algo que nos trasciende y tiene presencia en toda la región: en Brasil, Venezuela, Uruguay, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, para nombrar a los más notables, con sus particularidades, según la relación de fuerzas en cada país. Es diferente a las encrucijadas de antaño. En nuestro caso, a diferencia de lo que nos ocurriera hasta ahora, no hay motivos para que las izquierdas que jalonaron el siglo XX, lo mejor del movimiento que forjó Perón, lo más auténtico del compromiso popular de los radicales y quienes intentaron forjar al Frepaso, no cierren filas en un proyecto compartido. Aunque no se tenga todo el libreto preparado, hay razones de fondo que contribuyen a que podamos reverdecer la esperanza. Por cierto que en el contexto de los tiempos que corren, en los que ya no se pueden imaginar revoluciones aisladas, ni presuntos socialismos que se van agregando desde diversos y remotos rincones de la periferia. Estamos en otro tiempo y, a diferencia de lo que ocurría en el siglo pasado, en nuestra región no son minorías precursoras las que se han puesto en movimiento sino que han despertado o reaccionado mayorías profundas.

Las dificultades y los interrogantes son ingentes, empezando por los márgenes para redistribuir riqueza que de buenas a primeras otorga la lógica de la economía globalizada, sin ceder flancos a la desestabilización. Probablemente haya que atender a la experiencia de los chinos, de los que no se puede decir que no hayan experimentado en su propia piel todas las alternativas imaginables, antes de utilizar las reglas de las artes marciales en la versión que ahora transitan. En cualquier caso, todo está para construirse y no hay garantías, salvo la certeza de que quienes quieren que nada cambie harán todo lo que esté a su alcance para desbaratar el intento. Ese es su papel.

Como nunca antes tenemos la posibilidad de aglutinarnos para poder realmente medir lo que somos capaces. Y no se trata de resignar el espíritu crítico. Bienvenido sea, siempre y cuando no nos confundamos en cuáles son realmente las expresiones de los que están decididamente enfrente, ni nos entusiasmemos con los microemprendimientos, que son ajenos a la trascendencia en la esfera de la política. Sin las enseñanzas de la historia, es normal que la espontaneidad haga perder de vista las distancias entre los deseos y lo que puede ser alcanzado. Perder de vista lo principal siempre facilita que cuele la provocación, la división y enseguida la derrota.

Podrá decirse: “¿Y si nos ensartamos, si esta gente arruga y se genera una nueva frustración?”. Quizá lo que no se entiende es que la pregunta está mal hecha. La resultante no sólo depende de “esta gente”, depende de toda la gente que se pueda juntar. Las transformaciones pendientes dependen de las espaldas del frente capaz de sustentarlas, capaz de bancarlas. En las calles, poniendo la anatomía, y en los foros, nutriendo argumentos. Sólo con mucha gente y muchas ideas se pueden generar transformaciones trascendentes. Y “esta gente”, a no dudarlo, ha abierto la puerta. Quizá ya sea hora de que dejemos las gradas y empecemos a bajar a la cancha.

* Profesor titular de Política Latinoamericana y Sociología (UBA).

domingo, 14 de octubre de 2007

Nuevos Actores Centrales - Por Edgardo Mocca

Nuevos actores centrales *
Edgardo Mocca
Revista Debate 6-09-07


Casi nadie se atreve a pronosticar un cambio en la expectativa hacia la elección de octubre, como producto de las novedades de ese domingo histórico que fue el que acaba de pasar. Ciertamente, los candidatos opositores no perdieron oportunidad de intentar capitalizar el clima electoral de Santa Fé –y, en menor medida, también de Córdoba- como oxígeno para sus campañas. Con el término vago de “victorias opositoras”, se pretende sumar en el mismo casillero experiencias tan distantes como las del PRO porteño y el progresismo santafesino.

¿Quiere decir, entonces, que no cambió nada en la política nacional? Por el contrario, hay un cambio importantísimo; pero su referencia temporal no es octubre de este año, sino el escenario político posterior, digamos hacia 2009. En un panorama político mucho más organizado en torno a liderazgos personales que a grandes partidos políticos, conviene reparar en cómo se configura la escena para el próximo período. Si los pronósticos no fallan, Cristina Kirchner estará en el centro indiscutido de esa escena. A su alrededor se dispondrán Macri que gobernará la ciudad capital del país al frente de una coalición de centroderecha, un peronista atípico como Scioli, la solidez de cuya pertenencia al espacio hoy oficialista es por lo menos dudosa y un socialista como Binner a cuyo alrededor se ordenará el espacio de la centroizquierda no alineada con Kirchner. Tres nuevos liderazgos nacionales que no se dejan agrupar en términos político-ideológicos, aunque aparezcan llamativamente unidos en ciertos modos de su discurso político: se presentan como líderes componedores, desdramatizadores de la política hasta el extremo de poner en cuestión la existencia de principios diferenciadores que la justifiquen.


Binner es la nueva referencia central del espacio de centroizquierda no kirchnerista. Ese dato tiene una extraordinaria importancia porque se trata de un desplazamiento desde el antikirchnerismo fundamentalista que predominó en ese sector durante el período en que Elisa Carrió ocupó ese lugar, hacia una visión más matizada y pragmática. Claro que el aparato partidario socialista del que forma parte el gobernador santafesino electo presionará en la dirección de una clara orientación opositora. Pero es altamente probable que Binner se abstenga de todo compromiso con la elección de octubre y se dedique a diagramar los primeros meses de su gestión. Nótese el parecido con la situación de Macri, sistemáticamente presionado por los impacientes del ala derecha de la clase político-mediática para levantar su perfil electoral nacional y, sin embargo, consolidado en su sitio institucional mientras prepara su estrategia para los nuevos tiempos. Sin ánimo de simplificar la relación entre líderes y partidos, hay que pensar que a partir de hoy, y sobre todo desde el próximo 10 de diciembre, Binner será un dirigente de trascendencia y predicamento nacional enormemente superior al de su escudería partidaria.

Hay otros actores no tan centrales pero relevantes para la próxima etapa. Luis Juez no fue “destrozado” electoralmente según la profecía que le transmitiera De la Sota, a tal punto que la elección terminará de aclararse recién en el conteo definitivo de los votos. El PJ cordobés y el gobernador electo Schiaretti seguirán teniendo mucha influencia en el próximo período, particularmente en ese gran nudo gordiano que debe desatar la política argentina que es el peronismo. Sin embargo, Juez, al frente de un progresismo cordobés heterogéneo y aun sin referencias partidarias nacionales se sitúa como otro de los nuevos actores con proyección nacional. Probablemente formará parte del tejido político de la centroizquierda, en cuyo centro estará Binner y en el cual aparecen con luz propia Fabiana Ríos, gobernadora electa de Tierra del Fuego, y Martín Sabatella, joven y exitoso intendente de Morón.

Como se ve, los nuevos ingredientes prefiguran una Argentina políticamente plural y considerablemente incierta. Desde sus primeros días, el eventual gobierno de Cristina tendrá que dar cuenta de este tablero transformado. Ya no será un país con un partido, el justicialista, que aglutine todos los fragmentos dispersos de la gobernabilidad territorial y más allá el vacío. El territorio de sus aliados y sus adversarios no tendrá la nitidez y la previsibilidad que caracterizan a los sistemas de partidos políticos consolidados; tendrá que navegar en aguas agitadas. ¿Han sido derrotas kirchneristas los resultados del domingo pasado? Depende. Si se atiende a cierta doctrina “panperonista” que sustentan algunos de sus seguidores, es evidente que sí. Aquellos que creen que el centro organizador de la futura vida política argentina será el justicialismo –el viejo, el renovado o el que vendrá- deben tomar nota de que están en problemas: después del domingo su cotización ha bajado en la bolsa de valores políticos y ni los justicialistas cordobeses ni los santafesinos podrán aducir falta de apoyo oficial; lo tuvieron y acaso en mayor medida que lo que hubiera sido aconsejable para el gobierno. La devaluación de las acciones no supone una salida brusca ni catastrófica de la escena.Tengamos en cuenta que los caudillos provinciales peronistas y sus maquinarias no estarán necesariamente obligados a seguir orbitando alrededor de la figura presidencial: tal vez hacia 2009 ya haya madurado la alternativa del “retorno peronista” que, a pesar de la desesperación de algunos de sus promotores, no pasó este año de un desfile de oscuras figuras fuera de su época.

El gobierno enuncia su fórmula de gobierno futura como de “concertación plural”. Hasta aquí la ejecución no ha ido mucho más lejos que la frustrada “transversalidad” proclamada en sus inicios. Si se la concibe como un grupo de satélites girando alrededor del peronismo, la concertación tendría poco de nuevo. Claro que la pesadez en el reacomodamiento de las fuerzas políticas obedece a una dinámica que excede largamente el poder de la voluntad del oficialismo. Hasta aquí los interlocutores del proclamado pluralismo han aportado poco y, mientras tanto, los aparatos provinciales del justicialismo proveyeron del capital de apoyo necesario en la etapa de “salida del infierno”. Ni esos aparatos ni la identidad peronista son reliquias del pasado de las que puede prescindirse sin costo alguno, como sugiere cierto simplismo analítico. La pluralidad los incluye. Pero acaso la novedad principal de este domingo consista en que algunos potenciales interlocutores de la concertación empiezan a contar con recursos de poder e influencia que los capacitan para un diálogo paritario y eficaz. En el futuro el depósito de gobernabilidad no será exclusivamente peronista, lo que puede hacer que la constitución de nuevos actores políticos colectivos deje de ser una idea ingenua e inoperante para devenir una necesidad perentoria.

jueves, 4 de octubre de 2007

UNIVERSALIZAR LAS CAPACIDADES DE CUALQUIERA


Entrevista a Jacques Rancière

Pareciera que una maldición pesa sobre la acción política que quiere cambiar el mundo. O bien hay prácticas políticas locales, singulares, colectivas y situadas, experimentando sobre terrenos concretos (salud, educación, prisión, inmigración...) problemas y respuestas efectivas, en primera persona, pero desentendidas del “conjunto de la sociedad”. O bien hay “alternativas generales” que sólo máquinas de abstraer y de neutralizar la participación pública de cualquiera, como los partidos políticos, pueden poner en marcha. Es la oposición entre universal y particular que organiza hoy las ideas dominantes.

El pensamiento político de Jacques Rancière señala el carácter ficticio de esa fatalidad: no hay nada natural en ella, sólo la reproduce determinada forma de pensar. La política es la articulación, crítica y disensual, entre un problema concreto y la lógica general de dominación. Un sujeto político es quien va más allá de reclamar su “parte” y cuestiona la misma distribución jerárquica de las partes y los lugares (lo que Rancière llama la “lógica de Policía”, opuesta a la política). Ese “suplemento” a la distribución instituida de las partes y los lugares supone una dimensión de universalidad: una práctica política singular y situada puede atravesar lo social entero con las preguntas que plantea, con la afirmación de las capacidades de cualquiera para la acción que demuestra. Aquí se rompe la oposición entre universal y particular: la política crea casos de lo universal singularizado, concreto. Ya no el universal policial de la representación política, sino un nuevo universalismo emancipador.

La siguiente entrevista con Jacques Rancière fue realizada en el marco del encuentro sobre “Nueva derecha: ideas y medios para la contrarrevolución”, que Archipiélago coorganizó junto a la Universidad Internacional de Andalucía el noviembre pasado[1]. Plantea algunas preguntas y problemas a Jacques Rancière a modo de invitación a actualizar las claves básicas de su pensamiento político, a la luz de las transformaciones del mundo en curso. Se celebró en la librería La Fuga, en el corazón de Sevilla.

Archipiélago: Surge una cuestión sobre la “política de los sin parte”. ¿Qué significa ser hoy “sin parte”, si tenemos en cuenta que, con la precarización generalizada de la vida que las reglas del capitalismo postfordista ha impuesto, parecería que esa condición podría atribuirse a “cualesquiera” figuras sociales?

Jacques Rancière: Creo, en primer lugar, que tal vez sea preciso aclarar la noción de “sin parte”. Para mí, la noción de los “sin parte” es la noción de un sujeto político, y un sujeto político nunca puede ser identificado sin más con un grupo social. Razón por la cual digo que el pueblo político es el sujeto que encarna la parte de los sin parte –con ello no decimos “la parte de los excluidos”, ni que la política sea la irrupción de los excluidos, sino que la política es, ante todo, la acción del sujeto que sobreviene con independencia de la distribución de las partes sociales. En el fondo, esta concepción se distingue de una concepción tradicional, marxista, que identifica un sujeto de la emancipación con una determinada figura social producida por el desarrollo económico, por la producción capitalista. Esto tiene que ver con la cuestión del “precariado”, puesto que “precario”, sobre todo en la teorización de Negri, designa una nueva dimensión económica, una nueva forma de trabajo y, al mismo tiempo, se supone que define nuevas formas de subjetividad política. La tesis de estos autores sería que el precario, como nueva figura, ocupa el lugar del proletariado, en tanto que otro tipo de obrero, producido al fin y al cabo por otro tipo de economía, esto es, ocupa el lugar del obrero definido por la gran industria, por el fordismo, etc. Para pensar esta cuestión, es preciso salir de la cuestión de la “precarización”, y tal vez sea preciso retroceder en el tiempo para reconocer lo que “proletario” ha significado precisamente como sujeto político. Toda la doctrina marxista tradicional define el proletario como el obrero formado por la gran industria, y en particular, el obrero fordista. Ahora bien, es preciso recordar que el movimiento obrero fue inventado por obreros que eran tan precarios como los trabajadores precarios de hoy en día, y que, por encima de todo, “proletario” define la relación entre una exclusión y una inclusión. “Proletarios” significa, ante todo, aquel que no tiene parte, aquellos que viven sin más, y políticamente define aquellos que no son tan sólo seres vivos que producen, sino sujetos capaces de discutir y de decidir acerca de los asuntos de la comunidad. Así, pues, representar la “parte de los sin parte” quiere decir precisamente vincular la cuestión del estatuto de una u otra categoría a la cuestión más general del poder de cualquiera. El corazón de la subjetivación histórica proletaria fue precisamente la capacidad, no de representar la potencia colectiva, productiva, obrera, sino de representar la capacidad de cualquiera, la capacidad, justamente, en tanto que excluido. De esta suerte, una forma de integración/exclusión económica es una cosa, distinta de una forma de integración/exclusión política. Uno puede estar en una situación precaria, y estar sin embargo constituido como una identidad por un sistema, pero también uno puede tener un estatuto de trabajador muy definido, y al mismo tiempo estar completamente identificado a esa esfera particular, a la par que excluido de la esfera de los asuntos comunes.

Archipiélago: Retornemos a lo que usted denomina “policía”, esto es, el poder en tanto que capacidad de disponernos los lugares, las partes, los atributos de cada uno, con arreglo a una lógica de “contar las partes”. A este respecto, ¿cómo funcionaría esta figura del poder de policía —contrapuesta a la política en tanto procedimento desidentificatorio— en la lógica de la sociedad-red, en la lógica conexionista, esto es, cuando ya no estamos definidos por la pertenencia a una estructura, sino por el acceso y la conexión a la “red”, que ha de ser conquistada en cada momento, so pena de desconexión, de caída en el vacío?

J. Rancière: Creo que el presupuesto de su pregunta, esto es, que ya no vivimos en sociedades de pertenencia, que todo se ha tornado precario, móvil, fluido, etc., ha de ser puesto en tela de juicio. Creo que seguimos viviendo en un mundo “sólido”, marcado por pertenencias, a diferencia de cuanto afirman las teorías acerca de una sociedad postfordista o postmoderna. No obstante, aun partiendo de tales supuestos, me parece que con ello se define precisamente una forma de policía perfectamente concreta, que debe con mayor razón marcar determinadas pertenencias y determinados límites. El hecho de que las posiciones sean más móviles en el ámbito individual no elimina la función policial en cuanto tal, esto es, la función de definición de categorías de estabilidad y de permanencia. Creo que podemos determinar tres dominios en los que esta especie de redefinición de la policía es capaz precisamente de redefinir categorías estables:

a) Un primer dominio es el de la reestructuración de los sistemas de seguridad social, de los sistemas de organización del trabajo y de los sistemas de adopción de aquellos que no trabajan, porque cuando hay mucha gente que en efecto son precarios, nos encontramos con que el Estado se apodera de funciones que antes eran funciones compartidas y negociadas, principalmente entre el Estado y las organizaciones sindicales u organizaciones surgidas de la sociedad misma. Ahora bien, lo que sucede en una situación como la nuestra es que asistimos a una tendencia por parte del Estado a monopolizar esas funciones, por ejemplo, a transformar los sistemas de solidaridad social en sistemas de protección garantizados conforme a criterios fiscales. Si nos fijamos en un conflicto como, por ejemplo, el de los intermitentes del espectáculo en Francia —que considero un conflicto ejemplar desde este punto de vista—, tenemos una categoría de trabajadores que plantea problemas para los sistemas contables de la seguridad social, y que plantea precisamente el problema siguiente: ¿qué constituye hoy el estatuto social de un individuo, qué relación encontramos en lo sucesivo entre los individuos, la estructura del trabajo y la pertenencia al Estado? Otro dominio se determina desde el momento en que el Estado debe gestionar el no trabajo o el trabajo parcial, etc., debe gestionar en consecuencia las relaciones entre trabajo y vida. Se plantea entonces la cuestión: ¿quién es capaz o no de llevar a cabo la reflexión sobre esa relación? Todos los debates sobre la reforma del sistema de pensiones, sobre las formas ambiguas, como los intermitentes del espectáculo, plantean la cuestión las formas de relación de un pequeño segmento del mundo del trabajo con el resto de la sociedad, plantean la cuestión de la relación entre el presente y el porvenir, esto es, la cuestión de quién es capaz de pensar esa relación entre el presente y el porvenir. ¿Son capaces de pensar esa relación los intermitentes del espectáculo, o bien se trata de un monopolio del Estado? En cuyo caso sólo éste podría pensar la relación de lo particular con lo general, y del presente con el porvenir.

b) El segundo punto nodal es la cuestión de los límites. Se supone que el trabajo se torna más precario, o más fluido, en un mundo en el que en principio ya no habría fronteras, en el que las riquezas y los seres humanos circularían libremente. Pero sabemos perfectamente que lo que sí se verifica en el caso de las riquezas no lo hace en el de los seres humanos. Entramos en particular en la cuestión de las fronteras, esto es, la cuestión de quién puede entrar o no en un país. En este sentido, asistimos en la actualidad a un reforzamiento de la cuestión de la pertenencia, que puede cobrar formas violentas, de rechazo del extranjero, o bien formas policiales/refinadas [policiers/policées], con la fijación de cuotas de extranjeros que pueden ser admitidos al año, etc. La cuestión de la inmigración —tal y como es denominada— ha sido siempre una cuestión práctica, ligada a las diferentes oleadas migratorias. Hoy se torna en una cuestión pública, es decir, en el momento en el que, en principio, numerosas fronteras tienden a desaparecer, por otro lado se refuerzan en lo que atañe a los seres humanos, determinando una contradicción en el sistema, que intenta controlar este flujo con la idea de límites, cuotas, competencias, criterios, y que, por otra parte, algunos movimientos intentan precisamente politizar la cuestión, diciendo que todos aquellos que quieren vivir en un lugar tienen el derecho a hacerlo, que todos aquellos que trabajan en un lugar pueden ser ciudadanos del país en el que trabajan, etc.

c) Un tercer punto significativo de lo que a mi modo ver constituye una continuidad y al mismo tiempo de redefinición de la lógica de policía, que es en términos generales la cuestión de los agentes, los interlocutores válidos. Tomemos como ejemplo un país como Francia, en el que tradicionalmente rigen los valores universales, los valores de la República, en el que no se reconoce a las comunidades. En realidad, un país que se dice universalista se enfrenta a estas cuestiones del siguiente modo: por un lado, el Estado define todo lo conflictivo como un problema que ha de ser resuelto mediante un análisis experto. Ahora bien, una vez hecho esto, la lógica de policía ha de arrostrar el problema de cómo transformar los resultados de tales análisis expertos en medidas que sean aceptadas. Se plantea entonces la necesidad de encontrar interlocutores válidos. Es preciso constituir a los interlocutores, es preciso tener, justamente, representantes de todos los afectados por un determinado problema. De esta suerte, la sociedad oficial se afana en decir que han de formarse interlocutores, y que frente a los diferentes derechos —que en Francia, de nuevo, se expresa como el problema de la separación entre la sociedad oficial y la sociedad real— hay que establecer un sistema de cuotas, o que los partidos políticos incluyan candidatos de minorías en sus listas electorales, que tengan su cuota de mujeres, su cuota de personas de origen inmigrante, etc. Se configura así un nuevo punto de tensión, de conflicto entre política y policía, que puede definirse del siguiente modo: ¿ha de ponerse en práctica una lógica policial de designación de representantes de las partes, o de interlocutores oficiales de una negociación, o bien prevalece una lógica política, que no concibe representantes de un grupo, sino enunciadores de un conflicto, no sencillamente entre grupos, sino entre lógicas de constitución de la comunidad?

Archipiélago: La irrupción política de los sin parte, intempestiva, que desplaza límites, redefine los datos de los problemas, abre espacios políticos, plantea el problema de la continuidad. En América Latina, por ejemplo, resurge en la actualidad la temática de los contrapoderes, esto es, de una persistencia espacio-temporal de las irrupciones políticas, de una inscripción en la vida cotidiana del acontecimiento y de su relativa institucionalización en ruptura. ¿Cabe concebir una prolongación del acontecimiento político, más allá de su irrupción? ¿Cómo podemos persistir en el mismo, organizar la política con arreglo a una temporalidad no solamente irruptiva?

J. Rancière: En primer lugar, no me considero un fanático del acontecimiento como irrupción. Pienso que los acontecimientos, es decir, las secuencias de movimiento identificables, no son irrupciones, sino transformaciones del paisaje común. En este sentido, me parece que hay que salir de la oposición entre la irrupción de los acontecimientos, por un lado, y la organización, que sería algo sólido, instalado, por el otro. Un acontecimiento es una transformación del tejido común, mientras que la cuestión de la organización consiste en cómo prolongar esa transformación de lo que es visible, sensible, de lo que se revela como posible para quienes eran considerados incapaces, encerrados en su impotencia. Se trata de una cuestión paradójica: una organización en sí misma no tiene ningún interés. La cuestión atañe más bien al problema de porqué y para qué hay que organizarse, esto es, en qué medida aquello es político, en saber cuáles son los nudos políticos. A mi modo de ver, los nudos políticos son siempre algo que remite siempre a la parte de los sin parte, es decir, a la manifestación de una capacidad de cualquiera. La política está ligada a esa universalización de la capacidad de cualquiera. Y en este sentido, en el fondo lo que hay que prolongar, lo que está en el centro de la organización es esa capacidad de multiplicar la demostración que ha tenido lugar en un momento y en lugar determinados: cualquiera es capaz de acción política. Esto nos conduce además a la cuestión del tipo de temporalidad. Cuando pensamos en cómo prolongar el acontecimiento, nos vemos trabados por dos tipos de temporalidad tradicional, a los cuales se nos remite en todo momento. El primer tipo es la temporalidad de la sociedad “política”, de los políticos, con sus plazos (elecciones, el Tratado Constitucional Europeo, por ejemplo, etc.). Se trata de una remisión constante de todo combate, de su traducción en plazos institucionales. El segundo es la temporalidad tradicional de las etapas. En ésta se considera que somos transportados por una suerte de corriente de la historia, por el desarrollo del capital, la transformación de los modos de producción. Y en esa medida se trata de traducir todas las secuencias de movimiento con arreglo a esa temporalidad por etapas: ¿cómo constituir núcleos cada vez más importantes de nuestro grupo? ¿Cómo constituir fuerzas cada vez mayores del partido de mañana?, etc. Creo que es preciso salir de esa doble temporalidad, esto es, es preciso aceptar que no somos transportados por la historia, por una especie de porvenir que estaría ya incluido, presente, en una especie de dinámica propia de la sociedad. Me remito al El maestro ignorante, donde he analizado la teoría de la emancipación intelectual según Jacotot. Allí se plantea que la igualdad no es nunca un objetivo, sino siempre un presupuesto. Así, pues, lo importante es lo que, en cada momento, permite la presentación, la declaración, la afirmación, la encarnación de una potencia de igualdad, de una potencia de capacidad de cualquiera. A mi modo de ver, cabe salir de esa temporalidad de los objetivos, del futuro opuesto al presente, para pensar en una temporalidad del crecimiento del presente, o del crecimiento de las potencialidades del presente, que no se definen mediante cálculos estratégicos, sino por las capacidades nuevas que pueden surgir, desarrollarse, confirmarse en cada momento. En este sentido, si cabe concebir una organización política, se trataría de una organización que permite, no sólo una progresión de etapas, sino algo así como un crecimiento de las capacidades en todos aquellos lugares en la que éste puede afirmarse.

Archipiélago: ¿Qué experiencias concretas de movimientos políticos actuales podrían servir de ejemplo de esa modalidad de universalización en tanto que crecimiento y multiplicación de las capacidades de cualquiera?

J. Rancière: Por desgracia, los ejemplos de ese crecimiento son raros. En buena medida porque, a mi modo de ver, las organizaciones políticas permanecen completamente atrapadas en las dos modalidades de temporalización, esto es, la de los plazos de la política sistémica, así como en la de las etapas de la revolución. Como consecuencia de ello, muchos movimientos que encarnan acontecimientos son al mismo tiempo movimientos que se cierran sobre su propio acontecimiento, sobre su propio medio, su propio lugar, sus propios nudos de problemas (por ejemplo, la revuelta en las banlieues de noviembre 2005). Hoy, por servirnos de un ejemplo francés, encontramos dos escenas: por un lado, la escena oficial (con sus elecciones, etc.) y, por otro lado, como si se tratara de dos extremos, la escena del margen, esto es, de expresiones como la del movimiento de los sin papeles, de los intermitentes del espectáculo, etc. La consecuencia de esto es una especie de división, donde encontramos gente que dice: “nosotros rechazamos la política oficial; nosotros hacemos una política real de las personas, una política sobre el terreno”, etc. Esto crea a veces formas de eficacia bastante fuertes, pero que declaran que su fuerza reside en que sólo se ocupan de sí mismas. Un ejemplo de ello lo tenemos en el movimiento contra la expulsión de familias sin papeles que está llevando a cabo el gobierno francés en estos meses. Se trata de un movimiento muy fuerte, que se ha constituido en torno a las escuelas a las que acuden los hijos de las familias sin papeles con orden de expulsión, esto es, en torno a casos precisos: en tal escuela hay un niño de una familia que va a ser expulsada. Se produce una implicación muy fuerte en torno a esa batalla concreta, y que consigue resultados, pero en el fondo lo hace precisamente diciendo: “nosotros sólo nos ocupamos de eso; no nos ocupamos del resto de la sociedad oficial, de las elecciones, etc.”. Ésta es la situación. Pero, a mi modo de ver, se trata de llegar a constituir movimientos que sean capaces de decir algo, de expresarse como fuerza política sobre absolutamente cualquier cosa. Tanto sobre los sin papeles, las revueltas de la banlieue o las elecciones presidenciales. Rompiendo esa especie de división entre lo que sería la escena oficial y la escena de lo que sería la acción concreta. No obstante, surgen movimientos interesantes. Por ejemplo, en la primavera pasada surgió en Francia el movimiento contra el cpe (Contrato de primer empleo), formado fundamentalmente por jóvenes. Lo interesante de este movimiento consiste en que ha sido impulsado por gente que no pertenece al “mundo del trabajo” asalariado, esto es, no se trata de una lucha por la defensa de los intereses de tal grupo, de tal institución, etc., sino de un combate por la articulación entre dos bloques de la sociedad, el de la formación y el del mercado de trabajo. A este respecto, pienso que ha habido avances importantes en el seno del movimiento. Sin embargo, el problema sigue consistiendo más bien en constituir una organización que se muestre capaz de tornarse en actor general de la política, no sólo de prolongar acontecimientos, sino capaz de declararse no como actor parcial (rompiendo con esa lógica de los actores parciales específicos para tal o cual combate), esto es, una organización, como hemos dicho, capaz de manifestarse sobre cualquier cosa (ya sea la cuestión de los sin papeles, las elecciones presidenciales, o el conflicto palestino-israelí) para expresar, en todo lugar, la capacidad de cualquiera.

No obstante, no tengo soluciones para el problema. Para mí, el problema consiste ante todo en redefinir lo que es político, esto es, quién es capaz de política. A mi modo de ver, esto es algo previo a toda teoría de la organización. Estamos en una situación en la que, en lo que atañe a la organización, habría que pensar en algo así como un Forum. No obstante, a un Forum suelen llegar decenas de organizaciones, cada una con su punto de vista, sus intereses, etc., e intentan convencerse unas a otras. Se trata a decir verdad de una estructura muy sesgada por la lógica de la organización. Para contrarrestar esta tendencia, se trataría de que cada acontecimiento, cada conflicto, lograra constituir su propia memoria, su propia acumulación, apoderándose de otras cuestiones. Se trataría de que quienes trabajan en las cuestiones del altermundialismo, de los derechos de las mujeres, o de los gays, de los extranjeros, etc., constituyeran el espacio en el que esa apropiación mutua pueda tener lugar, en el que pudiera hablarse de todo. Y lo que está en discusión es el estatuto de unos temas/sujetos políticos en tanto que fuerza de organización política, pero esta fuerza reside precisamente en la capacidad de problematizar otras cuestiones en tanto que actores generales que manifestan la capacidad de cualquiera, es decir, está en discusión esa extensión de las capacidades, no de prolongar eventos sino de declarar que en el fondo no hay actores parciales, ligados exclusivamente a tal o cual combate. De lo contrario no estamos ante una capacidad de universalización de los acontecimientos que no se vea preformada por la lógica sistémica o por la lógica de la historia.

Archipiélago: ¿Se puede luchar sin un horizonte utópico de transformación generalizada de la sociedad o sin ese horizonte estamos condenados a movimientos políticos que sólo dicen “No” (no a la guerra, no a la gestión mentirosa del Partido Popular tras el atentado del 11 de marzo, no al cpe, etc.)?

J. Rancière: Son dos aspectos fundamentales de un mismo problema: la articulación de lo afirmativo y lo negativo en la acción política. En primer lugar, pienso que todo conflicto social significativo se plantea en primer lugar como una defensa frente a un ataque, fundamentalmente como una defensa frente a un ataque del Estado. Pero al mismo tiempo, en todo conflicto hay justamente una afirmación de capacidades. En todo conflicto social, ya se trate de la reforma del mercado de trabajo, de los sistemas de seguridad social, no se trata únicamente de saber quién pagará la protección social, sino quién es capaz de pensar en la comunidad y en el porvenir.

Esa afirmación de capacidades la encontramos, por ejemplo, en el conflicto que plantean los sin papeles, y se manifiesta en la destitución de la parte que les es asignada en tanto que desgraciados, y en tanto que incompetentes. Evidentemente, esto es falso. Ellos desarrollan una capacidad de hablar de la comunidad y dejan por ello de ocupar la parte de las víctimas.

Un segundo aspecto atañe a la cuestión de si se puede actuar políticamente sin tener una visión clara de una sociedad venidera. Mi punto de vista es que sí: no es preciso tener una visión clara de lo que sería, por ejemplo, la sociedad socialista. Hoy un movimiento político puede desarrollar la potencia de sus afirmaciones sin una referencia clara a esa sociedad venidera, lo que no significa que esto no sea un límite, un límite difícil de superar. En toda lucha hay en juego un porvenir, pero nunca sabemos el sentido de ese porvenir. De ahí que resulte difícil evitar una especie de perplejidad y la caída en un porvenires ya constituidos, como pudiera ser la teoría de la autonomía, por ejemplo.

Traducción del francés por Raúl Sánchez Cedillo

* Entrevista realizada por Marina Garcés, Raúl Sánchez Cedillo, Amador Fernández-Savater en noviembre de 2006.

De Jacques Rancière en español puede leerse: El odio a la democracia, Madrid, Amorrortu, 2006 (a propósito de este libro léase la entrevista a J. Rancière titulada “El nuevo discurso antidemocrático” que se publicó en el nº 72 de Archipiélago); El viraje ético de la estética y la política, Santiago de Chile, Palinodia, 2006; Sobre políticas estéticas, Barcelona, Llibres de recerca, 2005; El inconsciente estético, Buenos Aires, Del Estante Editorial, 2005; La fábula cinematográfica. Reflexiones sobre la ficción en el cine, Barcelona, Paidós, 2005; El maestro ignorante, Barcelona, Laertes, 2003; La división de lo sensible. Estética y política, Salamanca, Consorcio Salamanca, 2002; y El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires, Nueva Visión, 1996.

© Amador Fernández-Savater, 2006. Este artículo ha sido publicado bajo una licencia Creative Commons. Reconocimiento-No comercial-Sin obra derivada 2.5 . Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente el texto por cualquier medio, siempre que sea de forma literal, citando la fuente y sin fines comerciales.

NOTAS

1. Los contenidos del encuentro se pueden consultar en http://www.unia.es/artpen/etica/etica02/frame.html