martes, 13 de noviembre de 2007
El malestar en la política
Es comúnmente admitido que estas elecciones presidenciales señalan el inicio de una nueva etapa y no tan sólo de un nuevo gobierno. El período de excepcionalidad que siguió al hundimiento de fines de 2001 está llegando a su fin, como los principales actores políticos lo reconocen. Pero los contornos de la normalización política e institucional que se avecina permanecen indefinidos. Y sin embargo el desafío para el ordenamiento político futuro es acuciante. El proceso electoral ha puesto de manifiesto virtualidades y carencias de la evolución política.
En los años recientes la Argentina ha cambiado como no podíamos imaginárnoslo hace unos años cuando la mirada y los pasos de los jóvenes se orientaban a las puertas de salida que conducían a la residencia en el exterior como modo de escapar a un destino de decadencia. La recuperación de la economía y de la condición social de los más desfavorecidos se hizo en el contexto de decisiones audaces, solitarias y apreciadas: la reestructuración de la deuda, la abolición de las leyes que amnistiaron o evitaron los procesos a quienes se habían amparado en el poder de Estado para cometer crímenes de lesa humanidad, y alguna elemental pero decisiva reforma institucional, como es el caso de la renovación de la Corte Suprema. Pero una vez el período de excepción pasado, por más apreciados que sean sus resultados, no puede obviarse el giro requerido: se plantean desafíos que ahora se hacen prioritarios y que incluyen rectificar prácticas políticas que estuvieron amparadas en los apremios de la situación de excepción que se atravesó.
Las urgencias pasadas favorecieron la decisión en desmedro del debate y la argumentación. El espacio público y la comunicación política no han sufrido mayores restricciones formales pero no han florecido: la argumentación pública, la opinión de los ciudadanos comunes y de los expertos y el debate parlamentario todo ello previo a la adopción de decisiones y al establecimiento de prioridades y rumbos de gobierno no han sido la modalidad dominante.
La muy original modalidad de la competencia política para las elecciones nacionales del 28 de octubre: candidatos presidenciales autoproclamados amparados en su presunta popularidad y conformación en torno de ellos de coaliciones electorales en las que con frecuencia los socios compiten entre sí, nominación, en la mayoría de los casos, de candidatos a cargos parlamentarios como resultado de conciliábulos en torno del arbitraje del candidato estrella, exteriorización a lo largo de la campaña de tensiones significativas entre candidatos que se amparan en la misma etiqueta electoral, ilustran una escena de gran heterogeneidad que con frecuencia no presenta opciones discernibles para los electores y que, sobre todo, plantea el interrogante de qué sustento para gobernar ofrecen dichas coaliciones. La escasa o al menos poco inteligible diferenciación política para el ciudadano, aún informado, entre las diferentes ofertas va de la mano con el mencionado empobrecimiento de la argumentación y debate público y su consecuencia, la poca entidad pública –la mayoría son de conformación muy reciente– y homogeneidad de las fuerzas políticas existentes.
Los partidos tradicionales no compiten como tales y han jugado un rol marginal en la conformación de la oferta política, y esta marginalización de las identidades que monopolizaron la vida política en el pasado no puede ser considerada transitoria. Puede afirmarse que otros partidos o coaliciones más recientes, como el Frepaso, Acción por la República o Nueva Dirigencia también han tenido una vida efímera. Es decir que los lazos de representación han cambiado –parecen tener un carácter más circunstancial, configurándose con frecuencia ese vínculo en el momento de las campañas electorales– y se constituyen en buena medida en torno de liderazgos personales que suelen tener la plasticidad como para proponer una posición o actitud política que concita la adhesión ciudadana y no en torno de partidos orgánicos. Todo parece indicar que los partidos políticos omnipresentes no volverán a ser lo que fueron, y ello pese a cierta nostalgia de quienes conocimos esos tiempos y al empeño escolar de algunos cientistas políticos que piensan aún que ese formato está indisolublemente ligado a la existencia misma de la democracia.
No obstante la escasa cohesión, cooperación y concertación de quienes se han dado por vocación la actividad política y lo hacen bajo una común etiqueta constituye un problema mayor de la vida política.
La existencia de partidos políticos de nuevo cuño no es sólo un requerimiento para la organización de la competencia política electoral; el reconocimiento político y la legitimidad para decidir o actuar políticamente aunque tienen en las elecciones un hito decisivo, no se agotan en ella. Los ciudadanos contemporáneos reconocen a los gobernantes y representantes que han elegido, pero las decisiones de éstos deben ser de todos modos legitimadas cada vez, so pena de ver crecer una protesta que puede alcanzar la forma de la expresión pública del descontento. En esta nueva realidad de desconfianza ciudadana la argumentación y deliberación pública adquieren un lugar central. Es en el espacio público con el concurso de la comunicación política que se pueden intercambiar argumentos y madurar las decisiones, ese espacio tiene una función reguladora que permite a gobernantes y opositores medir las consecuencias de sus actos, la sintonía alcanzada con la opinión pública y, eventualmente, modificar el rumbo político para mejorar la representación.
En la Argentina, la ciudadanía está desprovista o liberada, según se aprecie, de identificaciones políticas permanentes, pero suele estar informada –con diferenciaciones socioculturales marcadas– y fluctúa en sus preferencias según lo que el debate público va presentando. Pero lo que falta dramáticamente en la vida pública son fuerzas políticas organizadas que puedan alimentar el debate público. No los partidos políticos del pasado, que probablemente no vuelvan a existir como antaño pues la ciudadanía no tiene en su mayoría lazos de identificación permanentes, ni vuelvan a tener el monopolio de la vida política y de la actividad cívica. La sociedad actual tiene actores múltiples que alimentan la vida pública, pero quienes tienen la aspiración de gobernar son actores específicos que deberían organizase como grupos nacionales con lealtades y afinidades en torno de un rumbo político. Este parece ser un déficit mayor, quizás el principal, para los tiempos que vienen, porque sin partidos, en el sentido actual del término, la competencia política se hace más imprecisa y, sobre todo, se plantea el grave interrogante de con qué recursos van a gobernar quienes tengan el favor del electorado.
El riesgo, si no hay organización partidaria elemental de los que gobiernan, y competencia política, es que el país aliviado de sus graves padecimientos pasados ingrese en un período de conformismo colectivo e incluso desinterés en los asuntos públicos, que hoy parece asomar, y que simplemente el asunto de quiénes gobiernan sea de interés menor. Ello puede suceder al tiempo que se acumulan demandas y descontentos no representados en la competencia política y que, si es el caso, pueden inaugurar un nuevo episodio en el divorcio entre representantes y representados.
* Profesor de Teoría Política Contemporánea (UBA), investigador principal del Conicet.
sábado, 10 de noviembre de 2007
Argentina: las elecciones y los dilemas del postneoliberalismo
| por Carlos Abel Suárez |
| Extraído de la revista digital SinPermiso |
| El triunfo de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) en las pasadas elecciones del 28 de octubre no sorprendió a nadie en la Argentina ni en el resto del mundo. Esta vez, con pronósticos más o menos cercanos al resultado final, las consultoras de opinión no fallaron demasiado. |
