jueves, 27 de marzo de 2008

Justo hace 80 años


Por Oscar R. Gonzalez *

Hace 80 años, en su modesta chacra de Los Cardales, moría el precursor y principal dirigente del socialismo argentino, Juan B. Justo. Al día siguiente, 9 de enero de 1928, una multitud desconsolada lo despedía acompañando sus restos, que fueron velados en la recién construida Casa del Pueblo, el edificio de la avenida Rivadavia que como un emblema denotaba la relevancia alcanzada entonces por el Partido Socialista.

Durante décadas, el socialismo se desarrolló guiado por ese liderazgo que no llegó a ser desplazado por ningún otro pese a los innumerables y calificados dirigentes que se sucedieron en su conducción a lo largo de más de un siglo: ni las legendarias figuras de Alfredo Palacios, Nicolás Repetto, Mario Bravo, Alicia Moreau, entre tantos, lograron preeminencia sobre quien siempre fue considerado el padre fundador del socialismo argentino.

Inspirador de una fuerza política organizada con vocación de intervención real en la disputa por el poder del Estado –el PS, que José Aricó y Juan Carlos Portantiero, en ensayos memorables, definieran como “el primer partido político moderno de la Argentina”–, Justo imaginó y llevó a la práctica un dispositivo cívico singular que incluyó, además del partido, la creación de sindicatos, cooperativas, bibliotecas populares, universidades libres, recreos infantiles, asociaciones femeninas, periódicos y casas del pueblo en toda la geografía nacional.

Formado en las renovadas corrientes de la ciencia de la época –como médico impuso en el país la asepsia en cirugía–; deslumbrado por las teorías de Karl Marx, fue su primer traductor al castellano pero lo asumió críticamente; asqueado de la “politiquería criolla” –ese clientelismo de taba, naipe y empanada que sustituía en su época la libertad del voto–- fue precursor de una nueva Argentina que aún no llegó a ser, dejó una obra enorme y un mandato hacia el futuro: renovar las prácticas políticas, construir una nación igualitaria, forjar ese socialismo que Rodolfo Mondolfo definiera como “un ideal ético-político de sociedad que aspira a eliminar los intereses particulares en aras de una solidaria búsqueda del bien común”. Para quienes, ocho décadas más tarde, nos toca ser humildes continuadores de su obra, las ideas de Justo –como señalara José Luis Romero– “están vivas y sus palabras resuenan con dramática realidad”.

* Secretario general del Partido Socialista.

La soberbia espontánea por Martha Dillón




por Martha Dillón


Despertarse ayer sin haber visto “en vivo” –modificador no tan nuevo pero explotado hasta el hartazgo en las pantallas de TV– las imágenes de los “vecinos autoconvocados” y movilizados “espontáneamente” para “apoyar al campo” fue algo parecido a despertar la mañana siguiente al Día de los Trífidos –aquella novela de John Wyndham en la que amanecían ciegos todos los que habían visto una lluvia de estrellas la noche anterior–. Algo había cambiado irremediablemente, algo me había perdido por el simple hecho de acostarme temprano sin ver la tele. Una extraña cohesión había puesto en los manifestantes trasnochados la misma palabra en la boca y la misma virulencia: “soberbia”, repetían. “Es una soberbia”, insistían refiriéndose a la presidenta Cristina Fernández mientras al son de cacerolas que no saben de qué se trata la ausencia, la comparsa que acompaña a cualquiera que sea enfocado por la cámara gesticulaba cortes de manga y pedía a voz en cuello “andate, Cristina”. Es cierto que los cronistas buscaban la respuesta que conocían de antemano sabiendo que el guión que se iba construyendo entre el micrófono y los manifestantes, entre el material en vivo y la edición on line que bien se puede seguir desde los móviles en la calle, estaba dando resultado. A nadie le importaba lo que había dicho la Presidenta, ni a los cronistas ni a los encuestados, juntos iban fraguando una razón para estar en la calle: del lado de esa humilde postal del “campo” –como si al hablar del campo se estuviera remedando al peón que se levanta a las cinco y ordeña su vaquita– y en contra de la “soberbia”. Sin embargo, ni la repetición ni el efecto alcanzan para explicar por qué calzó tan bien ese adjetivo. Porque, vamos, ¿cómo pueden hablar de soberbia quienes creen que porque salen una noche con su olla de acero inoxidable se constituyen sin más en “el pueblo”? ¿Cómo pueden hablar de soberbia quienes desprecian la organización de cualquier tipo y se jactan de su espontaneidad como si fuera un valor despertarse un día y poner los metales a chillar mientras el resto del tiempo están bien guardados en sus casas y no ven al prójimo más que para dar limosna? Si el consenso sobre la valoración –no ya del discurso sino de la persona misma– de la Presidenta fue tan fuerte y espontáneo, no puede despreciarse la perspectiva de género. Esa mujer se atrevió a desafiar con su discurso el sentido común más plano que se exhibió la madrugada del martes en las movilizaciones “espontáneas”. Esa mujer, más allá de la valoración política de su discurso, que no es motivo de esta columna, utilizó el poder que le fue conferido y eso, todavía, es desconcertante.